Alicia Crosa es una figura destacada y pionera en el campo de la psicología forense en la Argentina, con una trayectoria que se extiende por más de cinco décadas y que combina práctica clínica, experiencia en el ámbito penitenciario, docencia, escritura y divulgación.
Se formó como psicóloga clínica en la Universidad Nacional de La Plata en 1968 y, años más tarde, obtuvo el título de Profesora Universitaria en Enseñanza de la Psicología en la misma casa de estudios. Previamente, en 1965, se había graduado como técnica social criminológica en el Instituto de Investigaciones Criminológicas dependiente del Ministerio de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, una formación que marcaría el rumbo de toda su carrera.
Con apenas 23 años, dio sus primeros pasos profesionales como asistente social criminológica, ingresando muy joven a un sistema penitenciario que en ese entonces comenzaba a incorporar la mirada psicológica. Fue una de las primeras psicólogas mujeres en desempeñarse dentro de gabinetes en cárceles de la provincia de Buenos Aires, en un contexto atravesado por fuertes prejuicios tanto hacia la disciplina como hacia su rol profesional. En sus propias palabras, debió abrirse camino en un ambiente “totalmente machista” y con escasa valoración de la formación técnica, lo que convirtió sus primeros años en una experiencia tan desafiante como fundacional.
Durante más de treinta años trabajó en distintas unidades penitenciarias, entre ellas la Unidad 1 de Olmos y la Unidad 9 de La Plata, donde integró el Instituto de Clasificación, un organismo interdisciplinario compuesto por abogados, psicólogos y asistentes sociales encargado de evaluar a los detenidos penados y determinar, a través de informes técnicos, aspectos clave como su conducta, imputabilidad y posibilidades de acceder a beneficios como salidas transitorias o libertad condicional.
Su recorrido continuó en el Instituto Neuropsiquiátrico de Seguridad del Hospital de Melchor Romero (Unidad 10), donde se desempeñó como psicóloga forense en el Gabinete Psiquiátrico. En ese espacio, trabajó con detenidos que presentaban trastornos psiquiátricos o que habían cometido delitos de extrema gravedad, participando en evaluaciones que definían si los imputados debían ser alojados en unidades carcelarias comunes o en áreas especializadas de atención en salud mental. Su tarea consistía en recopilar, analizar e interpretar información psicológica para la elaboración de pericias destinadas a orientar las decisiones judiciales, una función central dentro de la psicología forense.
A lo largo de su carrera, estuvo cara a cara con algunos de los criminales más notorios de la historia argentina. Entrevistó, entre otros, al asesino serial Carlos Robledo Puch, uno de los casos que más la impactó en sus inicios profesionales, y participó en el análisis de hechos emblemáticos como el caso Barreda, en una época en la que aún no se hablaba de femicidio sino de “homicidios múltiples”. También intervino en el caso del crimen de la profesora de inglés de City Bell, Oriel Briant, evaluando a familiares directos del principal sospechoso, Federico Pippo. Estas experiencias, sumadas a innumerables entrevistas con homicidas, violadores y personas con graves trastornos de la personalidad, le permitieron desarrollar una mirada profunda sobre los límites de la conducta humana, la violencia y la noción de irrecuperabilidad.
En paralelo a su labor en el ámbito penitenciario, Crosa desarrolló una intensa carrera docente en niveles terciario, especial y universitario, contribuyendo a la formación de nuevas generaciones de profesionales. Asimismo, mantuvo y continúa manteniendo una práctica clínica activa como psicoanalista, especializada en trastornos de pánico, con pacientes tanto en Argentina como en el exterior, especialmente en España, donde viaja regularmente para atender de manera presencial. Su enfoque, fuertemente anclado en la teoría freudiana, se caracteriza por una defensa de la escucha profunda y del tiempo subjetivo del paciente, cuestionando modelos más rígidos dentro del psicoanálisis.
Su producción intelectual también ocupa un lugar destacado en su trayectoria. Es autora de varios libros que abordan, desde una perspectiva psicoanalítica, temáticas como la violencia, los vínculos y las emociones humanas. Entre sus obras se encuentran “Enrique Santos Discépolo o qué se puede hacer con la tristeza” (2011), donde reflexiona sobre la tristeza a partir de la vida y obra del célebre artista; “Porque te quiero te aporreo. Violencia en los vínculos” (2012), un análisis sobre las dinámicas violentas en relaciones afectivas; “El hijo de mis padres no fue mi hermano. Violencia fraterna” (2014), que aborda una problemática poco visibilizada dentro del ámbito familiar; y “Las argentinas bajamos de los barcos” (2016), una obra que indaga en la identidad y los mandatos culturales. Actualmente, se encuentra trabajando en un nuevo libro titulado “Las manos”, donde recupera vivencias personales y profesionales durante los años de la última dictadura, cuando debió entrevistar a detenidos políticos en la Unidad 9 de La Plata en un contexto de extrema tensión.
Su llegada a los medios de comunicación se dio a partir de la publicación de su primer libro, lo que derivó en una presencia sostenida como consultora y analista en radio, televisión y prensa gráfica. Desde ese lugar, ha contribuido a traducir conceptos complejos del psicoanálisis y la criminología al público general, consolidando una faceta como divulgadora con fuerte impacto.
A sus 82 años, Alicia Antonia Crosa continúa ejerciendo con la misma pasión que marcó sus inicios. Su recorrido no solo la posiciona como una referente en psicología forense, sino también como testigo privilegiada de las transformaciones sociales, culturales y legales en torno a la violencia, el delito y el rol de la mujer. Con una mirada aguda y sin concesiones, sostiene que la comprensión del psiquismo humano —incluso en sus manifestaciones más oscuras— sigue siendo un desafío inagotable, y una herramienta fundamental para aportar claridad en contextos donde muchas veces predominan la incertidumbre y el dolor.
¿Cómo es tu presente laboral actual?
Atiendo consultorio, tengo pacientes en el exterior también, en España, y viajo una vez al año a verlos en forma presencial. Hay como una especie de predominio de los psicoanalistas argentinos porque nos consideran como muy bien formados en el psicoanálisis. En España, a raíz de la represión y la época jodida de España, no existía la carrera de psicología. En consecuencia, después de que vino la democracia, se hizo una carrera con una orientación más bien conductista, no especialmente psicoanalítica. Entonces, eso hizo que los psicoanalistas, que a su vez también fueron radicados en España cuando aquí con la época de la represión, y pudieran demostrar sus habilidades y sus capacidades, eso hizo que nos quedáramos muy bien nombrados y posicionados.
Vos has trabajado con muchos casos de violencia de género y de violencia intrafamiliar. ¿Tus pacientes tienen que ver con esa temática?
No especialmente, pero sí es bastante el grueso de la temática. Porque hoy en día están muy complicadas las relaciones interpersonales.
¿Cómo empezaste tu carrera?
Yo llegué a la ciudad de La Plata, tenía 19 años, y muchas inquietudes para hacer una carrera con un cierto sentido y orientación criminalística. Ya lo tenía como muy marcado. Entonces, cuando ingresé a la Facultad de Humanidades, que se comunicaba desde la calle 6 hacia la calle 7 con la Facultad de Derecho, había un bar en el medio, que era el bar donde nos encontrábamos los estudiantes a tomar algo en las horas de descanso de las clases. Y en uno de esos pasajes que yo hice, hacía muy poquito que estaba en La Plata, vi un cartel que decía que había una carrera con salida laboral rápida, y te recibías de asistente social criminológico, dependía del Ministerio de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, y se desarrollaba en el Instituto de Investigaciones y Docencia Criminológica. Yo vivía en la calle 5, entre 60 y 61, y este instituto estaba en 5, 62 y 63, a dos cuadras de mi casa. Ese mismo día me fui zumbando, me escribí. Me entusiasmé muchísimo, y ahí tuve los primeros profesores de Derecho Penal I y Derecho Penal II, uno de ellos el doctor Perello, que era un juez en lo penal muy prominente en su momento. Entonces empecé la carrera de asistente social criminológico, lo cual me permitió ingresar al servicio penitenciario.
¿Te recibiste muy joven y comenzaste tu carrera inmediatamente en un ambiente muy duro como el carcelario?
Sí, y mi primer destino fue la Unidad 1 Olmos, a los 23 años. Yo era maestra normal nacional pero como no tenía domicilio en la ciudad de la Plata no podía ingresar a trabajar como docente. Cuando hice el cambio de domicilio, ya como asistente social pude ingresar en los colegios a trabajar en los gabinetes y paralelamente en la cárcel mientras terminaba mi carrera de psicólogo clínico. También trabajé en una clínica privada como psicóloga haciendo psicodiagnósticos, manejaba muy bien el Test de Rorschach.
¿Cómo siguió tu recorrido profesional?
Después de mi ingreso inicial a la unidad 1 de Olmos, fui a parar a la unidad 9 de La Plata, al Instituto de Clasificación, que ojalá siguiera funcionando. Este instituto era un organismo que estaba formado por abogados, por asistentes sociales y por psicólogos, yo fui la primera psicóloga del instituto, en la calle 76, entre 10 y 11. Allí hacíamos la clasificación de los detenidos ya no procesados, sino penados, que tenían diferentes tipos de beneficios. El art.18 les concedía salidas mensuales o bimensuales, siempre y cuando hubiese sido autorizado por el estudio pertinente que hacíamos los psicólogos y los asistentes sociales y los abogados que allí trabajaban. Y también el art. 13, que era el pedido del anticipo de la libertad condicional. Que solamente se le concedía a aquellos detenidos presos, penados, tuvieran buena conducta. Yo ingresé a penales en 1965, y recién ahí ingresaban los psicólogos, yo fui la primera mujer.
¿Qué barreras tuviste que romper o con qué inconvenientes o conflictos te encontraste para hacer tu trabajo, como mujer y como psicóloga?
Dos cosas. Primero, un poco la desvalorización hacia la figura de la mujer dentro de un ambiente totalmente machista. Total. Y de muy bajo nivel, como es en cuanto a la formación mental y profesional de los individuos que trabajaban en aquel momento en las cárceles. Y en segundo lugar, el prejuicio hacia la carrera. Osea que fue arduo.
¿Cómo fue el encuentro en este marco laboral con el reconocido asesino en serie Robledo Puch?
Yo me acuerdo patente de Robledo Puch, con diecinueve años, esa entrevista me golpeó muchísimo.
¿Tenés aún los apuntes que tomaste en esa entrevista?
Sí, los tengo, sí, sí. Hoy Robledo Puch ya puede salir, pero tiene un trastorno personal que le impide afrontar la sociedad, no tiene a dónde ir. No te olvides que es un preso, longitudinariamente eterno.
¿Cómo es estar cara a cara con homicidas, con asesinos, con personas que son irrecuperables? ¿Cuándo es recuperable, cuándo no?
Eso te lo da el estudio criminológico que se aplica. Yo siempre fui una persona con un temperamento muy particular, muy fuerte, siempre fui una persona muy decidida respecto a lo que yo quería y creo que ese sesgo de mi personalidad me ayudó muchísimo.
¿Y hubo algún caso que te impactó profundamente?
Sí, que lo suelo relatar: en los últimos tiempos, cuando yo estaba en la Unidad 10 en el Gabinete Psiquiátrico Forense, en un sector de las salas del Hospital de Melchor Romero. Ahí iban a parar aquellos detenidos que tenían algún trastorno de orden psicológico o psiquiátrico y que ameritaba atención psiquiátrica. Y también cuando se creó el Gabinete Psiquiátrico Forense, ahí iban a parar los individuos que acababan de cometer un delito y que venían después del tiempo de comisaría, directamente eran ingresados a la cárcel. Pero los que tenían delitos severos, primero los analizábamos nosotros en el Gabinete Psiquiátrico Forense y ahí determinábamos si eran para quedar dentro del ala manicomial, de Melchor Romero o directamente los podíamos alojar en cualquiera de las cárceles. En una oportunidad, me acuerdo, llegaban los días lunes, venían de las diferentes comisarías de toda la provincia de Buenos Aires, sobre todo del Conurbano. Bueno, el tipo vino, se sentó y enseguida me traen el expediente. Cuando me traen el expediente, que era el expediente de policía primero, dice violación. Cuando veo: víctima de cuatro años. La criatura, muerta, fallecida. O sea, tenía homicidio calificado. El tipo se sienta, entonces lo entrevisto, calé su nombre, que lo tengo grabado, patente. Le digo, a ver, cuénteme un poquito, ¿por qué está usted acá? “Porque cometí un hecho que no lo pude pensar”. Entonces una vez que le hago todas las preguntas, que sería muy largo enumerarlas, en un momento determinado le digo: “pero dígame, señor, explíqueme cómo usted pudo haber hecho esto”. Entonces él me dice que él estaba en pareja concubinado con la mamá de la nena, no era el padre de la nena. La mujer trabajaba en servicio doméstico y se iba a las seis de la mañana porque vivían en el interior. Entonces me dice: “y yo llegaba de trabajar en la fábrica donde yo hacía vigilancia a las cinco y media, o sea que nos encontrábamos, yo me quedaba con la nena y la nena jugaba. La nena había dormido toda la noche con la madre y jugaba, y era una época de mucho calor. Nosotros vivíamos en una casucha con chapa, imagínese la chapa, el calor que da, y yo dormía desvestido. Y la nena jugueteaba y jugueteaba y jugueteaba. Vio, y qué sé yo, no sé qué me pasó, uno es hombre”. Bueno, le digo, ahora lo vamos a alojar en una sala, a los violadores lo mandábamos a una sala muy especial, a donde particularmente no era fácil pasarlo. A los pocos días viene que no podía ni caminar. Entonces el tipo vino, se sentó, y le digo, bueno, vamos a empezar a hacer la entrevista que yo le tengo que hacer, porque tengo que mandarle al juez el informe pertinente. Entonces me dice: “vio lo que me hicieron, mire lo que me hicieron, lo que me hicieron, qué hijos de puta lo que me hicieron”. Digo, claro, lástima que la víctima no pudo decirle a usted lo mismo que usted está diciendo de sus victimarios. Siempre me quedó muy grabado ese caso. La criatura tenía defloración, estaba destruida, cuatro añitos. Imagínate, fue un caso que a mí me marcó muchísimo. Y lo he referido bastantes veces porque uno llega a un punto en que no puede entender qué grado de decomiso mental tiene que tener un individuo para haberse estimulado por una criatura de cuatro años, por más que la criatura hubiera jugado con sus genitales, es imposible entenderlo. La ausencia total, la agenesia moral total. Y estos casos no son recuperados.
¿Qué otros casos públicos reconocidos te tocaron?
La entrevista, Federico Pipo (ex marido de profesora de inglés, Oriel Briant, de City Bell que recibió 37 puñaladas y tres balazos) Y también tuve que hacer la evaluación psicológica de la madre de Federico Pipo en la parte de atrás de la cárcel de Olmos, donde funcionaba, que no sé si seguirá funcionando, la unidad 8, que era la cárcel de mujeres. Me acuerdo patente. Era una mujer muy fría, con una dotación mental baja, más bien, que se resumió toda la entrevista en una negación sistemática. Yo le hacía preguntas y me acuerdo que funcionaba como si no las entendiera. Ese era su mecanismo de defensa. No abrir la puerta para que se pudiera llegar a la conclusión o a su grado de compromiso frente al hecho. Fue terrible el caso. Impactó mucho en la ciudad porque ella, Oriel, era una mujer muy querida, una profesora de inglés, además una mujer muy bella.
Cuando te encontrás con injusticias, con gente que finalmente no paga su culpa, profesionalmente y personalmente ¿cómo lidiabas con eso?
Eso se logra con mucho entrenamiento. Llega un momento en que, a veces me pasa también en el consultorio, yo atiendo de una hora a una hora quince, de acuerdo a la necesidad que tenga el paciente. Por eso que no cito así, digamos uno tras otro. Me tomo siempre un tiempo por si acaso se llegara a prolongar la entrevista porque a veces justamente al final del momento de la sesión y del cierre es cuando el paciente está en condiciones de abrir un tema y entonces vos le decís “por hoy dejamos”, yo no estoy de acuerdo con eso, nunca estuve. Inclusive llegué a ser un poco cuestionada por eso cuando lo he dicho. Yo le doy al paciente el tiempo que necesita, por supuesto, siempre dentro de los márgenes. Y en la cárcel es distinto porque en la cárcel yo tenía que reunir datos destinados a la conformación de una pericia, a la formación de una pericia psicológica, de manera tal que no es lo mismo que cuando vos estás frente a un paciente y vos necesitás inducirlo al paciente para que el paciente pueda revelar y revelarse a sí mismo, eso que no sabe dónde está, que lo tiene pero no lo puede ubicar. Y en eso consiste la labor del psicoterapeuta y orientación psicoanalítica. En la cárcel es distinto, es más por ahí un trabajo de investigación. Tratás de encontrar los datos para conformar una pericia destinada, como información y asesoramiento, para que el juez pueda a posteriori dictaminar si hay algún grado de imputabilidad o no lo hay o si hay algún atenuante en función de lo que dice la pericia psicológica.
Cuando vos comenzaste a trabajar era una época donde no se hablaba de femicidio, sino de homicidio o de triple homicidio como el caso Barreda. ¿Cómo observas todos esos cambios que acompañaron desde lo legal a las mujeres?
Aún le cuesta mucho a una mujer llegar a demostrar, o sea, una mujer tiene que demostrar la hora, el lugar, el momento, el cómo y las marcas. Todavía hay una cuestión prejuiciosa en ese sentido, no está del todo eso resuelto. Una mujer tiene que demostrar muchas cosas. Además es un acto de vejamiento, la demostración de lo que le pasó y cómo ha quedado.
¿Eso ves que no cambió, que sigue sucediendo?
Sigue sucediendo, por supuesto que sí. Está más amortiguado, pero sigue sucediendo. Porque además la mujer está todavía instalada dentro del psiquismo machista o macho, como que es un elemento de satisfacción. O sea, se valora más, se pondera más la satisfacción del hombre frente a una mujer que la satisfacción de la mujer frente a un hombre.
¿Y tuviste algún momento de temor por represalias de un ex preso?
Por ejemplo, me he encontrado hace ya unos años en el subterráneo con una persona que me entró a mirar y cuando yo ya bajaba, me dijo: “gracias, doctora Crosa, nunca me olvidaré de usted”, no sé quién fue. Supongo que habrá sido un ex detenido, que habré tenido en algún lugar. Y en una oportunidad, hace muchos años también, yo había atendido a un muchacho que venía de la cárcel de Mar del Plata, que todavía esa cárcel era apenas un destacamento. Me acuerdo que este muchacho mató con un hacha al padre. La historia es así: era único hijo de un individuo que era pescador, y la mamá, una señora que trabajaba para una cadena de hoteles haciendo planchado. El muchacho que tenía en ese momento 21 años, venía a la casa y la encontraba a la madre golpeada. Su padre era pescador estaba mucho tiempo embarcado y cuando venía se iba a los putis clubs en la zona de Mar del Plata, y se gastaba todo el dinero ahí con mujeres, bebiendo y todo lo demás, y cuando venía a la casa no traía dinero. A veces no le había ido bien en cuanto a sus intereses de orden de acercamiento sexual con alguna mujer, y entonces buscaba tenerlo con su esposa. Su esposa, por supuesto, lo rechazaba porque estaba al tanto de la situación y entonces la golpeaba. El hijo había descubierto en un par de oportunidades que la madre estaba golpeada cuando él venía. La madre una vez le decía que se había caído del colectivo, otra vez le decía que se había golpeado con un palo, bueno, siempre le ponía excusas, hasta que él empezó a sospechar que el padre la golpeaba. En una de esas oportunidades en que el padre viene, después de unos cuantos días de navegación, se mete en la cama a dormir, previamente la había golpeado a la madre. Él llega y encuentra que la señora se estaba limpiando la cara, las heridas de la cara, de las trompadas que le había dado. Entonces, él va al galpón, agarra un hacha y le parte la cabeza al padre estando dormido. Bueno, eso fue un juicio oral muy importante en Mar del Plata, yo tuve que intervenir en ese juicio oral, tuve que viajar varias veces a las sesiones. Yo recibí una mención por el trabajo pericial que nosotros hicimos. Lo logramos sacar en libertad al muchacho. Yo peleé como loca en las sesiones orales. Bueno, pasaron los años, un día voy a Mar del Plata con mi familia y estábamos todos reunidos ahí en el puerto. Y estaba mi madre en ese momento, que era bastante mayor ya. Entonces, una de las personas que estaba con nosotros en el grupo va a encargar lo que queríamos comer. Entonces mamá estaba un poco ansiosa, dice, ¿por qué no vas a ver a ver qué pasa? Entonces yo voy a la barra del restaurante: “¿qué pasa que tardan tanto?”. Entonces, el muchacho me mira, yo lo miro. Vi que cargaba y ponía demasiada comida. Le digo: “nosotros queremos comer, pero no tanto”. Entonces, él me mira y me dice: “para la doctora Crosa, todos los mares del mundo son insuficientes”. Yo me quedé fría. Le dije, “¿quién es usted?” Y me dijo: “yo soy Pedro Bancuero, y usted me salvó la vida. Espere, espere, que le voy a presentar a mi señora”. Y, ahí con un birrete bien tipo de los que trabajan en el puerto, vino una chica, estaba embarazada, me dice, “esta es mi señora, estamos esperando a nuestro primer hijo. Le debemos a usted mi libertad”.
Y cuando estás frente a casos irrecuperables como psicópatas ¿Lo ves en una primera entrevista?
Totalmente. En el comportamiento psicopático, tanto de hombres como de mujeres lo primero que se advierte es una tendencia a la negación sistemática, a desvalorizar el hecho por el cual se le está cuestionando, eso se ve mucho en las relaciones interpersonales hoy día.
A través del tiempo y tu experiencia profesional ¿Los casos que te tocó periciar se pusieron más violentos?
Hay muchísima violencia. Lo que pasa es que además tenemos una cosa que no es menos notable o digna de señalar, que es el tema del consumo. Hay mucho consumo. En la época en que yo trabajaba en la cárcel no existía la merca. Lo único que había era de pronto la marihuana o el alcohol. Pero los efectos en la conducta de un individuo que está alcoholizado no son los mismos de un individuo que está drogado y encima está alcoholizado y drogado. Eso empeora.
¿En qué estás trabajando ahora, además de atender a tus pacientes?
Estoy escribiendo un material porque a mí me tocó, durante la represión, trabajar en la unidad 9 de La Plata, donde estaban alojados los detenidos que habían conseguido zafar. A mí me pusieron a trabajar allí. Yo era la psicóloga más importante o más conocida del servicio penitenciario. Fue una experiencia muy dura para mí esa. Y me sacaron de la unidad 10 donde yo estaba y me pusieron a trabajar allí durante un mes. ¿Por qué? Porque anunciaba su visita a demanda de las Madres, la Cruz Roja Internacional y las Asociaciones Internacionales de Derechos Humanos. Y entonces yo pregunté por qué, por qué me habían trasladado a mí. Entonces este tipo, Ibérico Saint-Jean (gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires durante el Proceso de Reorganización Nacional), me dijo por dos cosas y así me acuerdo patente que veo que me anunciaba mi currículum. Yo reconocí mi currículum porque tenía una portada Bordeaux en mi foja de servicios. Me dice: “primero porque conocemos muy bien su capacidad, la reconocemos”. “Y en segundo lugar porque sabemos muy bien su orientación ideológica”. Le dije, no sé, ¿en qué sentido? “Bueno, bueno, dice que usted no es extremista ni peronista ni nada de todo eso”, me dijo el tipo. Y así me tocó entrevistar a estas personas en la unidad 9. Eran personas muy jóvenes. Fue muy duro, muy difícil. El director de ahí era un tipo que todavía está preso, Abel Dupuy, como represor.
¿Y te encontraste con alguna de esas personas que fueron liberadas al regreso de la democracia?
No, no me encontré, pero sé quiénes son, estuvieron inclusive en el gobierno. Lo estoy escribiendo. Estoy dando vueltas para editarlo. El libro se llama Las manos porque cuando venían a la entrevista, los que se anotaban para tener una entrevista con la psicóloga, la necesidad que tenían de hablar un poco, yo les hacía un gesto como diciendo: Voy a guardar lo que decís. Claro, yo no sabía si no estaba siendo investigada a su vez. Eran momentos muy difíciles. Y entonces, como hacía tanto tiempo y habían pasado tantas cosas terribles esa pobre gente, entonces, yo les tendía las manos, como un gesto de cordialidad. Hace unos 10 o 12 años atrás, alguien pide sesión. Yo en ese momento trabajaba con una chica que era mi secretaria y me dice, Alicia, llamó una persona de parte de alguien conocido, que a su vez había sido paciente mío, una persona de mi confianza. Un abogado que había sido paciente mío y que había trabajado en la época de la represión en la defensa de los detenidos políticos. Bueno, yo lo recibo, tomo los datos, su nombre, apellido y en un momento determinado le digo, bueno, ¿en qué le puedo servir? Entonces, me extiende las manos así (como yo lo hacía con ellos en esas entrevistas en la década del 70). Me dice: “permítame sus manos. Nunca me voy a olvidar de sus manos”. Entonces, le digo: “¿pero quién es usted?”. “Yo soy el detenido número tal y tal y tal, mi nombre es fulano de tal”, responde. Y había sido detenido en la unidad 9 de La Plata, que yo lo había atendido en ese momento. El tipo no se había olvidado nunca de mí. Pasaron los años, no logró salir, tuvo una historia muy dura que la tengo toda escrita en el libro que quiero editar. Y un día la mujer de él, le dice: “vos sabés que estoy viendo a una psicóloga por televisión que me encanta cómo habla, me encanta, me encanta lo que dice”. Y el tipo me vio y dijo: ”esa es la psicóloga de la que yo te hablé”. Ahí me buscó y contactó. Impresionante.
Pasemos a tu faceta de divulgadora, de comunicadora. ¿Cuándo empezaste a ir a los medios?
El motivo es que escribí cuatro libros. El primero: Enrique Santos Discépolo o que se puede hacer con la Tristeza (2011). Mi padre tocaba el violín, yo tocaba el piano, mi padre era un tipo muy culto, de la música, del arte y demás. Entonces, era un amante de Discépolo y yo tuve una experiencia personal dura, me separé y quedé muy triste. Entonces, me acordé de la tristeza en la vida de Discépolo. Empecé a estudiar la tristeza desde el punto de vista psicoanalítico.Y entonces escribí este libro. Yo fui a una nota por el libro y a partir de eso vino como catarata, como si de pronto se rompe un collar de perlas y se entran a desparramar las perlas, un día un canal, otro día otro canal, la radio, así fue.
Con todos estos años de experiencia, ¿qué enseñanzas te dejaron los tiempos más duros de tu profesión cuando tenías que entrevistar a homicidas o a personas muy oscuras?
Que la vida es muy dura, que la vida es muy difícil, que la vida es un pacto y que venimos a la vida, no precisamente a gozarla, sino muchas veces a sufrirla. Y yo me he propuesto, tengo en este momento 82 años, seguir trabajando porque realmente quiero poner en el psiquismo del que está atravesando un momento difícil un poco de claridad, y mi profesión sirve para eso. Porque mi profesión es analítica, de manera tal que me entusiasma eso, me hace bien, me sirve. Yo he decidido para mi vida algo, y he decidido que voy a seguir trabajando hasta el hasta el anteúltimo día de mi muerte, porque ese día voy a tener que estar en mi velatorio. Mientras pueda voy a seguir trabajando. A mí me da mucho placer, por ejemplo, cuando voy a España a ver a mis pacientes, que los veo en forma presencial y que durante el año los veo en forma online.
¿Te gusta mucho atender?¿Hacés entrevista de admisión?
Me encanta. Hago una o dos entrevistas de admisión porque con el paciente que no tenés feeling de entrada es imposible, porque no llegás nunca. Es un acto de amor, por más que el paciente esté muy jodido y esté muy agresivo, es un acto de amor escucharlo, darle oído.
¿Y qué consejo le darías a un joven que se está iniciando en esta carrera?
Que estudie mucho, que lea mucho y que no siga exclusivamente un lineamiento. Yo sigo la línea freudiana, de don Sigmund. Tomo en cuenta algunas cosas de Lacan, pero no todas. Yo cuestiono algunas cosas lacanianas y creo que estoy en condiciones, considero que mi experiencia es vasta, para adoptar esta posición. Yo no no estoy de acuerdo con el límite de tiempo, no estoy de acuerdo de interrumpirlo al paciente cuando el paciente se está angustiando y está a punto de alumbrar. Es un parto eso, ¿no? Está a punto de alumbrar algo que lo tiene muy jodido dando vueltas. Es decir, yo no estoy de acuerdo con un montón de pautas que se siguen dentro de la técnica del trabajo psicoanalítico lacaniano. Hay cosas saludables de Lacan, que son muy rescatables, pero hay otras en cuanto a la metodología y demás y el tiempo, en eso no estoy de acuerdo.
Y al que se quiere dedicar a la psicología forense, ¿qué le dirías?
Que es fantástico, es un mundo inagotable. El psiquismo del otro, ver qué lo llevó al otro a destruir y destruirse, porque el que mata se destruye también, porque se mata a sí mismo al matar a otro. O sea, se aniquila, se limita.